Cañón del Colca Perú
Cañón del Colca
(Arequipa, Perú)
Ya llevamos semanas de viaje por Perú y el cuerpo lo nota.
Las piernas piden una tregua y el despertador se ha convertido en nuestro peor
enemigo. Pero cuando la actividad es el Cañón del Colca, uno se calza las
botas, se toma un café y sale a la aventura.
Porque esto no es un cañón cualquiera. Con sus 4160 metros de caída, es el cuarto cañón más
profundo del planeta. Ahí es nada.
Aquí hay momias, volcanes activos, llamas, alpacas pero sobre todo, hay
cóndores. Pero para verlos hay que madrugar. Y vaya si madrugamos…
Dos días de trekking y una paliza que merece la pena
Día 1: Bajando al fondo del mundo
Las 3:00 de la mañana. Sí, has leído bien. En vacaciones
también se sufre, pero luego todo cobra sentido.
Nos recoge la furgoneta (3 horas y media de viaje),
hacemos una parada técnica para desayunar en Chivay y, 50 minutos más tarde,
llegamos al Mirador Cruz del Cóndor.
Y allí estaban. Los cóndores. No uno, no dos… un grupo numeroso de ellos surcando el aire como dueños y señores del cañón. Tuvimos una suerte
tremenda. El espectáculo ya había empezado.
De ahí, otra vez a la furgo hasta Cabanaconde. Allí nos esperaba el resto del grupo: un italiano muy peculiar con sombrero de “cocodrilo Dundee” (sí, has leído bien), dos chicas inglesas, una alemana, otra de Groenlandia (¡Groenlandia, oiga!). Y nosotros: José y yo completando este equipazo internacional.
Ahora tenemos 1400 metros de desnivel para bajar hasta lo más hondo del cañón. ¡Menudo calorazo!. Pero las vistas… madre mía. Cada curva, cada escalón, merece la pena.
En poco más de tres horas llegamos a San Juan de Chuccho. El
almuerzo nos espera en un huerto de ensueño: aguacateros, plataneras,
higueras… Comer allí, entre sombra y fruta colgando, es como estar en una
película.
Y después, otras dos horas y media hasta Sangalle, el famoso
oasis del Colca.
Lo de bañarse en la piscina tendrá que ser en otro momento,
porque aunque el lugar es mágico y el agua invita… la temperatura no es la
ideal para unos alicantinos, jijiji. Porque ojo: de día el sol abrasa, pero en
cuanto se pone… el frío te recuerda que estás en la montaña.
Cenamos, nos reímos con las historias del italiano cocodrilero y caemos rendidos. Mañana toca subir.
Día 2: Subida épica, aguas termales y volcanes
A las 4:30 ya estamos caminando. Tremendo madrugón, pero es que subir 1400 metros
de desnivel con el sol de frente es una idea de bombero (y que nadie se sienta aludido...). Así que como buenos montañeros, a oscuras y con frontal, vamos subiendo.
Y como dice mi amiga Isabel: “pasito a pasito se hace el caminito”.
En poco más de dos horas y media llegamos arriba. Foto de grupo y ya con la luz de la mañana mirada atrás para contemplar la maravilla que acabábamos de dejar abajo.
Un pequeño descanso y, en media horita más, llegamos a Cabanaconde. Aquí nos espera el desayuno más merecido de toda la historia de los desayunos.
De vuelta a la furgoneta y… ¡a las aguas termales!
Aquí sí que sí. José y yo elegimos la poza de 35-38
grados y no nos movemos de ahí hasta estar “arrugaicos”. Había pozas de
distintas temperaturas, pero esta nos parece la gloria.
Después de este merecido descanso, llegamos de nuevo a Chivay, y
a buscar dónde comer. Dimos con una casona preciosa, de esas que parecen
sacadas de otro siglo. Comer allí fue el broche de oro… o eso creíamos.
Porque aún faltaba lo mejor; el Mirador
de los Volcanes.
Hacía un frío que pelaba. Estábamos a 4910 metros, más alto
que el Mont Blanc. Allí arriba, entre cráteres y silencio, encontraron a la
momia Juanita. Bueno, en realidad eran niños de la realeza inca que ofrecían
para calmar a los volcanes. Escalofriante y fascinante a partes iguales.
El regreso. De ahí, directos a Arequipa. Cansados,
pero con la sonrisa de oreja a oreja.











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